10/03/2008

Jornada electoral

Ayer me tocaba votar en Madrid, en el distrito de Chamartín, uno de los bastiones electorales del PP. El colegio electoral estaba situado en un colegio de monjas construido a principios de los setenta, en la Plaza Madre Molas, como ejemplo de la ausencia de escuelas públicas en el barrio.

Me gustaría señalar, antes de nada, el descaro de las propietarias del colegio, que arrumbaron las mesas electorales en tres aulas. Los sufridos miembros de la mesa electoral en que me correspondió votar tuvieron que estar encerrados todo el día, junto con otras cuatro mesas, en un aula pequeñísima, en la que literalmente se producía angustia entre los electores.

No es la primera vez que ocurre e imagino que el único motivo es que las monjas propietarias del colegio quieran ahorrarse el montaje y desmontaje de aulas, aunque con ello creen grandes incomodidades a los electores e, incluso, un problema de seguridad. Era misión imposible encontrar papeletas de los partidos, había muy pocas cabinas y todo el proceso era gratuitamente incómodo.

Lo que me sorprende es que la Junta Electoral no haga nada al respecto y el Ayuntamiento de Madrid, siempre tan celoso en los temas de seguridad de las personas, no obligase a que se abrieran más accesos de forma que los miembros de las mesas puedan trabajar con comodidad y los electores no se vean obligados a amontonarse innecesariamente.

Entrando ya en lo sustancial del día, pude comprobar el excelente aparato partidario del PP, que moviliza a todos sus votantes con una fidelidad casi religiosa (imagino que lo mismo se podrá decir de algunos feudos del PSOE, pero cuento lo que vi).

El sistema de votación se ha quedado un poquito obsoleto en Madrid, con la “hipermegasábana” del Senado, que hacía muy difícil su introducción en la urna. Felizmente los ciudadanos son mucho menos radicales de lo que dan a entender los dirigentes políticos, y el ambiente entre los interventores de los partidos era cordial y razonable. ¡Ojalá fuera así en el Congreso!, porque ahora es un lugar en el que se ha sustituido el arte del insulto político por la pura bronca personal.

Vino con nosotros una sobrina que era “primeriza” en las elecciones, y además de las bromas familiares de rigor (estuvimos a punto de hacerle la ola), me hizo ilusión comprobar cómo se ponía incluso nerviosa ante este acto de ciudadanía.

Algo habrá que hacer con las encuestas a pie de urna, porque da la sensación de que se distancian mucho de la realidad final, bien por la existencia de un importante voto oculto, bien porque no se hacen con la seriedad debida.

Los resultados requieren comentario aparte, una vez leídos y digeridos. Adelanto mi pésame por Llamazares, deseándole una excelente vida profesional como médico, y mi alegría por la debacle de algunos nacionalismos que tan poco han contribuido a la convivencia ciudadana.